Luciérnaga en el tarro de aceitunas

a L.

<"¿Voy––piensa––hacia los brazos de mi amada
o hacia la oscura tumba?”
La voz de la montaña le contesta:
“¡Hacia la oscura tumba!”
Heine, La voz de la montaña>



El vacío

solamente es espacio;
la ausencia, el cero binario,
el etéreo impulso en el avance de la luz.


El vacío

no existe cómo absoluto;
sólo
en conjuntos
de relativo.


Existe

en el ciego que siga una enseña
que aspire sólo a una silla curul.

Existe

agazapado tras la bóveda
de un paraguas azul

Existe

en la mujer asaltada
agredida
violada
que al testificar
ha de hacer frente
a palpables vestigios de inquisición

la nada existe
tras los dedos que firman
sentencias de ejecución.

Ausentes son pecho y razón
del fusil
que se dirige en el paredón
a unas manos desnudas,
cómo se ausenta el calor
en la noche fría,
así en necesidad la cortesía

o la poesía al error



vacío está el átomo
entre núcleo y electrón,
vacía es la distancia
fragmentada
entre tú y yo.

Más
¿qué ha de ser la nada si no el medio,
en el que el Universo
crezca y sobreviva?
¿qué otro principio o fin,
qué perpetum mobile,
seguirá moviendo un mundo pretérito a cero kelvin?

Sólo
la nada
la ausencia
el cero binario

Vacía la mente
la mentora del zen
alza el mismo cielo de su zenit

No.
No sólo nada
también perdurará la esencia
la innombrable sustancia
que alumbra el origen de todo lo que es.

También la fuerza que atrae
los trozos de un imán partido;
cómo un barco del dual uno rodando
sobre quánticos rodillos,

ni caducará la noche oscura
encerrada tras el muro
del graffiti del amor mordido.

No morirá la nádea esfera del núcleo,
por el aura habitada y unida,
cómo un niño
que ha salido a jugar al patio
hasta el final de la partida.

 

No fue vacua la tormenta
cuándo anticipó la calma,
ni tampoco lo fue el alma
que, en abrazos ístmicos,
siguió tendiendo puentes
entre orillas distantes.

Jamás fue huero el andar
desde que supe
que era a ti
adónde conducen los caminos.

Sólo
lamento
no haberte dicho
que has sido responsable
de la luz,
de la vida devuelta en las plazas
desde que se marcharon
las luciérnagas.

Ayer
cogí el tarro de aceitunas
dónde atrapé la última centella viva
y abrí la tapa
para devolverla al mundo

si con ella hay un vacío menos
vencerá siempre, al final
la poesía

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