Haibun I

El haibun es una disciplina literaria en la que se narran las vivencias íntimas, a las que se da conclusión mediante un haiku. He decidido trasladar mi haibun personal a éste espacio cómo ejercicio de libertad y de comunicación propios. También para afrontar temores ligados a la esfera de la intimidad humana.

“Sí, hay que fingir, hay que mentir, siempre lo mismo. Pero es porque dentro de mí se albergan pensamientos, intenciones, esperanzas crueles, maravillosas y asesinas, de las que no sé nada. El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos y sus oscuras puertas atrancadas.”

Solaris — Stanislaw Lem

Hoy, día 14 de mayo, he tenido la primera visita concertada en el centro de salud mental. Han pasado 11 meses desde que solicitara evaluación psiquiátrica por vez primera. Durante éste periodo, me he sentido más de una vez al borde de un episodio crítico. Si he conseguido evadirlo, es por haber aprendido a reconocer las señales psíquicas y fisiológicas que preceden a los embates de la espiral. El tiempo —y la praxis filosófica— han sabido enseñarme a colocar numerosas redes de seguridad ante la voracidad interior de la abisal caída.

Talmente cómo los aqueos de Ulises enfrentaron la furia de Caribdis y la Escila, sólo con el mayor de los esfuerzos logro aparentar la suficiente tranquilidad y disposición de ánimo para afrontar el día a día de la cuerda floja. Es requerida la plenitud de mis fuerzas para persuadirme a mi mismo de que el sentirse vacío es algo transitorio, cómo el contenido de un vaso que se apura para volver a llenarlo de nuevo.

Por desgracia, no siempre prospera en mi la convicción a la que me someto. Más pronto que tarde, acabo notando en ella el inconfundible sabor del engaño.

Tengo 25 años. Me siento en una plenitud intelectual y biológica que no hace si no reforzar la concepción de que me encuentro en mis mejores años. De que me hallo en una etapa de la vida en que soy capaz de llevar a cabo todo cuanto me proponga, por difícil que se antoje la tarea. Ya dicen que sólo los que están un poco locos consiguen hacer realidad lo que otros creyeron locuras.

Sin embargo y pese mi predisposición consciente, no todo es tan sencillo.

Hoy he conducido hasta el centro médico. No me gusta coger el coche en éstos días. A medida que la aceleración en la autovía producía en mi un efecto de ligera ingravidez, el pensamiento ha vuelto, llamando a la puerta con sus gastados nudillos. Sería tan fácil, sería tan fácil – resuena una y otra vez al ver los muros y los quitamiedos en la carretera. Sería tan fácil – sigue haciéndose eco, al contemplar el precipicio a tan sólo unos metros del asfalto – sería tan fácil…

No son deseos ni pensamientos desusados los que, en ésos momentos, asaltan mi mente. Éste año se han cumplido 10 años desde el último intento de suicidio; mi familia nunca supo de ninguno de ellos hasta éste mismo año. También han pasado 10 años desde que empecé a consumir estupefacientes de forma regular; la relación de causalidad entre ambos sucesos es obvia y evidente para cualquiera que sepa que al sumar 1 y 1 nos da 2.

Me siento profundamente decepcionado, ciertamente furioso, ante la precariedad y la falta de consecutividad en la atención solicitada. Talmente que la siguiente cita me ha sido dada para el mes de octubre. El resto —incluso para renovar la prescripción en los medicamentos— habré de gestionarlo cómo hasta ahora; por urgencias en el hospital psiquiátrico.

Después de 11 meses aguardando mal que bien para recibir ayuda especializada, durante los cuales me he visto imposibilitado de mantener un empleo estable y en los que sólo con toda la fuerza de mi ánimo consigo persistir y progresar en los cursos y estudios que realizo, me siento muy, muy indignado.

Sin embargo, sentirme indignado por saberme vivir una situación injusta es lo que siempre ha dado fuerza a mi ser para avanzar, para hacer frente a los abusos sufridos. La ira, la hoguera de la frustración es uno de los motores que en mi siempre ha sabido poner en marcha el sistema de turbinas que alimenta la maquinaria central; aquella que siempre consigue volver toda cuesta, todo arriba en un simple adelante.

Pese a todo, pese a las dificultades, toca seguir viviendo, toca seguir luchando. No hacerlo sería tomar un sendero ya transitado; uno que conduce a la archiconocida vorágine de oscuridad, hacia la caída en plano de un abismo en vistas de precipitación crónica y continua.

No hacerlo, no avanzar, no combatir; ése sería tomar el camino fácil.

Y a mi siempre me ha gustado mucho complicarme la vida.

 

Ha aceptado
mi cuenco de meditar
las gotas de lluvia

 

Robestrébol

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