Haibun II

“No pretendo tener otro enemigo
que yo mismo,
el exigente,
el malhadado
que duerme en el lecho de la propia infelicidad,
dispuesto siempre a verter sangre
por la más pequeña futileza,
el que no da trabajo a sus enemigos.

No pretendo tener otro enemigo
que yo mismo.”

Najwan Darwish

 

Hoy, día 4 de junio, he tenido la segunda visita en el centro de salud mental. He acudido de urgencias pues —al menos hasta octubre—  no me ha sido concertada ninguna visita, y no tengo otra forma de entrevistarme con el doctor que se me ha asignado.

Estoy muy cansado. Me siento terriblemente fatigado, incapaz de congeniar con el vital pulso de los meses cálidos. Éste litigio con el que convivo se está llevando gran parte de mis fuerzas éste último mes. Ni la placidez del sueño ni la de la buena compañía saben mitigar los regustos férreos de las violencias nocturnas; de las mismas que pueblan de ininteligibles imágenes los huecos en el flujo del pensamiento consciente.

Ésta vez he tomado la precaución de no coger el coche; los fármacos recetados en la última visita no han dado ningún resultado positivo, ni siento ninguna mejora apreciable. Tampoco a través de la terapia. Desde hace días me siento, de hecho, trastabillando en el filo de la cornisa; en el eterno batirse del tener un pie fuera, y otro dentro.

No dejo de preguntarme cuál es el sentido de todo ésto. La respuesta acude tan rápidamente a la mente que parece tan programada que resulta (incluso) insulsa; vivir. Me he sonreído a mi mismo mientras el ferrocarril atravesaba, sin detenerse, la estación dónde descuella el lupanar a la entrada del municipio:  “¿Y qué clase de vida es ésta? ¿Qué clase de vida es la mía? Sin duda, una vida de mierda; y tan sólo una entre tantas.”

La inminencia de los exámenes y de las prácticas ocupan por entero mis espacios de ocio. Estoy a punto de terminar de maquetar mi primer compendio de poesía japonesa. He tenido, también, un par de entrevistas de empleo prometedoras. Cada semana, los entrenamientos físicos, la práctica del chi-kun y de la meditación sentada se afianzan más y más en los rituales que conforman mi rutina.

Y, sin embargo, no siento nada. Nada de nada. Una nada tan exponencial cuya relatividad transitoria roza el absoluto del máximo a perpetuidad. Trato de desconvencerme de la futilidad de las prácticas, de las visitas y de las sesiones, de persuadirme de que —en ocasiones— sí han logrado hacerme sentir una mejoría.  Tengo en mi el deseo (pues he renunciado, de forma definitiva, a la esperanza) de que el cambio en los fármacos prescritos sepa contribuir en la misma; pero éso aún lo habremos de ver para tenerlo por certeza.

No puedo achacar los síntomas al síndrome de abstinencia; he pasado periodos más prolongados en la misma, y los efectos han sido radicalmente distintos. Si en éstos momentos no me sintiera inclinado a rechazar toda creencia y superstición, diría que lo que ha ocurrido es que se me ha encogido el alma. Que ésta se ha reducido hasta volverse tan y tan ínfima, cuya presencia e intervención en mi ser no me resultan ya si no negligibles.

Nada me queda ya si no sonreírle al miedo. Sea que en el sino humano exista algo de inmanente o no, sea que vayan a ser de mierda o no las vidas que podemos vivir mientras prosiga nuestra existencia transitoria, sea o no que la materia y la realidad no sean si no espejismo y tosca pintura del pincel cósmico, nada habrá de perderse en el intento.

Porque nada hay ya que pueda perderse, cuando no nos queda nada. Nada puede asustarnos, cuando ya no sentimos nada. Nada puede detenernos, cuando ya nada importa.

 

LLovizna en junio;
sólo yo y el caracol
vamos sin prisas.

Robestrébol.

 

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