Almazen

Tinta china y pincel de bambú en papel regular. 
Robestrébol

Huir
cómo si quemara la sombra
huir.

Marçal Font Espí

Son siempre los temerarios los que huyen hacia vanguardia; abandonados de sí mismos, prestos a combatir el embate de aquello que haya de arribar o arribarse, a ojos de los ignorantes son indistinguibles de cualquier otra clase de audacia. Sin embargo, aquello que diferencia a los valientes de los temerarios es el casi absoluto desprecio por la propia vida que muestran los segundos. El sino del temerario es esencialmente indistinguible al del suicida; la única variación consiste en el medio mediante el cual se ejerce ésa falta de aprecio por uno mismo.

Si bien el suicida comprende que únicamente él mismo es el máximo culpable de sus errores y de sus miserias, el temerario no vacila en plantar sus propias cruces junto a las losas del camino. De éste modo, mientras el suicida carga a solas con el aterrador peso de la verdad desnuda, la senda del temerario queda alfombrada con los despojos de cada batalla librada por subir otro de los peldaños hacia el otro lado de la siguiente colina.

En nada puede el influjo de la verdad última en la mente del temerario. Es ésa opacidad — totalmente libre de transparencia— la que es capaz de retener la luz refractada, de condensarla cual transistor hasta que el rayo emitido es capaz de prender la llama. Sólo quién no tenga miedo a atravesar el fuego, sólo quién desee arder cual almenara en el cielo nocturno es susceptible de cimentar los sillares sobre los que se erigirán los faros que alumbren la negrura del futuro.

Suicida o temerario, a veces la única diferencia existente es atreverse a revertir las púas que nacen del sino propio, cual la coraza de un erizo. Cuándo se comprende que el entrópico propósito de la autodestrucción no tiene otro objetivo que lograr el derrumbe de las maltrechas columnas, de aquellas que apenas sostienen ya la techumbre de la bóveda, puede lograrse erigir de nuevo entre los arcos los pilares que, con robustez y elegancia, sean capaces no ya sólo de sostener su propio peso, si no el de la misma atmósfera, muy por encima de nuestras cabezas.

Huir hacia vanguardia, dominar el rayo, prender la llama y encender los faros y las almenaras sólo puede lograrse mediante aquello que hace confluir el destino del suicida y del temerario. A uno y otro mueven el mismo y sacralizado deseo de implicación personal, del sacrificio último, en el que se pone en juego aquello que otros no estarían dispuestos a apostar; su misma vida.

Toda revolución es incompleta por si misma; jamás existirá la revolución perfecta ni a perpetuidad, en tanto lleguemos a pensar que el trabajo ha sido terminado por el hecho de haber logrado un cambio substancial.  La revolución es una decisión personal, que ha de abarcar todos los aspectos de la vida cotidiana, o si no nuestro esfuerzo acabará disolviéndose cual gota de agua y de bondad en el aceitoso mar de la confusión y de la duda.

A veces un pequeño paso, un pequeño sacrificio, es capaz de empezar a cambiarlo todo. Jamás podremos prever las consecuencias exactas de nuestras acciones, por mucho que tratemos de dilucidar los vectores de sus vertientes. Sólo mediante una inversión que radica en la de nuestra propia vida podemos aspirar a contemplar la hermosa mañana con la que todos hemos soñado alguna vez; si perpetuar la justa rebeldía, si embrazar la responsabilidad individual y colectiva nos exige derramar nuestro sudor y nuestra sangre, serán éstos los que terminen de fecundar los áridos llanos del yermo.

Y ése es tal vez el mayor y único destino implícito en la naturaleza humana: el llegar hasta dónde nadie había llegado, hasta el erial más remoto y distante en lejanías… y hacerlo nuestro, sembrando en él las semillas de esperanza que supimos guardar en el estuche de madera; aquél que, cómo comprendieron los sabios de antaño, no es prudente abrir bajo ningún concepto.

Excepto cuando sepamos que hemos encontrado el lugar terrenal que se convertirá en nuestro paraíso.

 

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