Metempsicosis I

La oscuridad de la caverna dio paso a la luz del día; Leda cruzó el umbral dejando atrás las sombras. Ante ella se abría un pequeño valle entre esbeltas colinas cubiertas de un claro verdor. En el centro de la hondonada se alzaba un edificio semicircular, de piedra clara, rodeado y a veces invadido por un bosquecillo de pinos, salpicado aquí y allí del rojo oscuro –casi sangre de la arteria– en las hojas de los cerezos.

A medida que se aproximaba, Leda distinguió los detalles desvaídos del edificio casi conquistado por la naturaleza. Del proscenio en la parte posterior sólo quedaba en pie el arco de la entrada, pero por la altura de ésta debió medir sus buenos 10 metros. Una serie de gradas superpuestas de manera simétrica se abrían formando un abanico orientado hacia el centro de un escenario circular.

Allí estaba él, aquél hombre extraño que había visto echando las cartas en el puerto del Pireo. Observaba el cielo cómo si aguardara algo, cómo si distinguiera en el aire el pálpito de algo no visible. O, al menos, no todavía.

Leda sintió un escalofrío. Una pareja de golondrinas alzó el vuelo desde un cerezo, virando hacia poniente. El hombre las siguió con la vista hasta que se hubieron marchado. Se giró entonces hacia Leda y sonrió.

–Te estaba aguardando; estaba escrito que habrías de llegar hasta aquí. Que habrías de volver aquí.

El viento se levantó en ése momento, haciendo ondear los anchos ropajes de aquél extraño que, sin perder la sonrisa, seguía observando a Leda.

Sólo podía tratarse de aquél al que andaba buscando.

–¿Eres tú el augur?

–De muchas formas se me ha llamado, pero supongo que podemos decir que sí, lo soy.

–¿Que es lo que has querido decir con que estaba escrito que habría de volver aquí? No recuerdo haber estado antes en éste lugar.

–Es natural que no lo recuerdes, pues todas las almas están obligadas a beber de las aguas del olvido antes de regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, tu caso es muy particular; apuesto a que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento de plantearlas, pues yo no tengo potestad para darte las respuestas a aquello que buscas.

–¿Porque me esperabas, entonces, si no puedes dar respuesta a mis preguntas?

El hombre observó a Leda con intensidad tangible, sin decir nada. El viento había amainado hasta casi detenerse por completo.

Volvió a sentir la misma gelidez eléctrica recorriéndole la espalda.

–Estoy aquí para mostrarte el sendero dónde podrás encontrar la verdad al misterio que te impulsa en éste viaje. Si te diera las respuestas ahora, no serviría de nada, pues no recordarías después cómo seguir el río para llegar a la fuente.

–¿Y dónde se encuentra ése camino?

–Lo has estado llevando a cuestas todo éste tiempo.

Robestrébol

 

*Dado que mi narrativa tiene mucho óxido, he decidido ir sacando fragmentos breves de composiciones inacabadas para ir aireando un poco mi escritura. Ignoro si publicaré las continuaciones o no; si alguien tuviera en mente cualquier crítica, consejo o -tal vez- elogio, sepan serán más que bienvenidos.

Salud.

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