Desenl(azar)nos; Des(A)nudando / Des(Ilusiones)

La maduración sexual a nivel biológico se produjo en mi a edad muy temprana. Con apenas 11 años, yo ya parecía un muchachito recio, rechoncho pero fortalecido. Empezó, también, a salirme bigote en más de un lugar, así como se incrementaba mi interés por el género femenino. Es, también, orígen de una perversión consciente propia relacionada con el mundo de las lolicon, pues mi imaginación, siempre que se libera de los barrotes de la tristeza, ha sabido, ya de niño, crear y conservar imágenes cual grabadas a fuego.

No me siento mal ni culpable por conservar recuerdos donde, siendo yo niño, fantaseaba sexualmente con otras niñas. Natural era para mi sentirlo entonces, así como innatural expresarlo en la manera más reptilínea, abusiva y simplista. La filosofía y el cognoscimiento de uno mismo me han otrogado, pues, canalizar un impulso hacia el género de las lolis (mujeres adultas que parecen más jóvenes) que, de otras maneras y si no fuera por la liberación y liberalidad sexual paulatina presente en el sector femenino poblacional, bien pudiera haberme llevado a confundir el amor gentil e incondicional que siento por las criaturas humanas con el engañoso reflejo y canalización del deseo erótico mediante las vías del recuerdo.

En otra palabras, el que, dentro de mis perversiones propia me gusten las lolis es el motivo principal de no haberme jamás sentido tentado de abusar de una persona aún demasiado joven en lo que, indudablemente, conviene clasificar como pederastia.

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Abel Azcona, Cárcel de la Modelo, Barcelona, 2018. Jornadas de NO CALLAREM por la Libertad de Expresión.

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Mi primer amor simpático, fruto del reconocimiento de las neuronas espejo, se llamaba Eva. Fue un amor platónico, empíricamente no recíproco, como, por suerte o desgracia, han solido serlo casi todos en mi vida. Un ser dulce, amable, musical, instintivo, con alguna dificultad con las ciencias y las matemáticas, con la que tuve la fortuna de compartir primaria y secundaria. Una flamenquilla pura, hermosa y gentil, junto a la que mi ya por entonces turbulenta psique se veía insuflada de una calma anodina para mi en los espacios urbanos.

Ella siempre tuvo otras prioridades. Chicos mayores, más guapos, divertidos y atléticos que yo, especialmente. Pero no dudé en ser honesto y gentil, dentro de la ocasional serena rudeza intempestiva que me caracteriza, en confesar que mi amor por ella era sincero. Recuerdo su rostro volverse rojo como un tomate, alfombrado de adorable manchitas, las tiernas pequitas de su faz, en mentarle que sería su Adán con el verso, si no podía serlo en persona.

Ella no respondió.

Yo no esperaba respuesta.

Me fui.

Desde entonces, en clases de matemáticas y ciencias experimentales, mi cognoscencia, algo adelantada a la media de la clase, vagaba en una espira, cual una bobina de Tesla, transformando la impresión negativa recibida al observarla de reojo y verla con el rostro fruncido, tratando de concentrarse en una lección enseñada no con amabilidad, si no con rudeza,

Los versos que anotaba en éstos espacios, en las libretas de apuntes de ciencias, especialmente durante las tediosas lecturas en voz alta, se convirtieron en mis primeros poema de amor. Siempre dejaba abierta la libreta en los intérvalos entre clases y en los periodos del recreo. Yo sabía que sus cotillas amigas tenían por costumbre husmear entre mis esquemas y escritos en busca de algo morboso, pero todas las composiciones reflejaban sólo la platónica admiración que sentía por ella y el humano y perdonable deseo de querer conocerla mejor, sin por ello incomodarla.

Tengo la seguridad de que leyó, a través de ellas, varios de mis poemas. Mi única esperanza era que, entre medias de los amorosos y patéticos poemas escritos en las libretas de ciencias y matemáticas, alguna fórmula o cálculos plasmados fueran reconocidos y asociados con los sentimientos transmitidos o generados por los versos imprimados entremedias.

Jamás le planteé la idea de que fuéramos pareja. Ella jamás mostró por mi más sentimiento que no el candor y la dulzura de su propio ser, sabiéndose tratando con un agente del Amor. No hubo acercamiento por su parte; tal vez yo, un frikazo apasionado por las ciencias, la literatura y el teatro, acostumbrado a acabar con los dos ojos morados por enfrentarme a los tercos abusones y abusadores de la libertad, no fuera de su agrado, no fuera suficiente para un ser puro como ella. Tal vez fuera un amor correspondido, tal vez no; nunca lo supe. Tal vez, y sólo tal vez, ella fuera la que sintiera que mi persona era demasiado para ella.

Ella mejoró en ciencias y matemáticas.

Terminó formándose como psicóloga musical.

Todo cambió cuando conocí a Kaoru, mi primer amor empático.

Después de ella, nunca volví a disfrutar de la misma manera con las matemáticas.

 

r.

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