Microrelato | Gotas de agua

Adaptación de un relato escrito hace tiempo. Me encontré con ganas de presentarlo a un certamen en el que pedían escritos de 100 palabras y me he sentido con ganas de seguir compartiéndolo con quien quisiera leerlo.
Saludos.


 

Gotas de agua

 

Perdóname –susurré a media voz.

Cayó una gota de agua sobre el charco al otro lado de la acera.

Ella callaba. Absorta, contemplaba cómo nacían y morían las ondas en el agua. Yo la miraba en silencio, esperando a que el nudo de la serpiente cordada dejara de oprimirme la tráquea. Pasó al lado una ambulancia con las sirenas encendidas. Alzó la vista del charco y me miró cómo se mira a un acusado dos pasos más cerca del patíbulo.

No puedo. Es imposible volver.

Me estremecí; en la luz de sus pupilas se leía un auténtico infierno de hielo.

 


 

firma

Haibun III: Poesía en el burdel

 “Déjame ser otra cosa que no sea un cuerpo”

Gata Cattana

Anoche, volvía en el autobús nocturno de una conferencia sobre Schopenhauer cuando, para mi desgracia, me quedé dormido pasándome la parada. Recuperando la conciencia ya a las afueras de mi población, bajé del transporte y me dispuse a la larga caminata hasta arribar al hogar.

Por el camino, el pensamiento no dejaba de rondarme la premisa que Joan Guardiola, profesor de Metafísica en la Universidad de Barcelona, nos había expuesto entre los muros del eminente club Cronopios:

“El mundo en el que vivimos y existimos es enteramente voluntad y, al mismo tiempo, enteramente representación.”

La voluntad aparece, entonces, cómo agente motor en la ilusoria dualidad de la realidad, dónde la representación no adquiere si no el relato del objeto; instrumento, al fin y al cabo, de la manifestación de la voluntad.

—¿En qué lugar deja entonces Schopenhauer, en cuanto a los poetas, a las relaciones platónicas? —pensaba para mi, mientras brillaban cada vez más cerca las luces del polígono industrial — ¿Acaso sean éstas meras proyecciones de la voluntad, de una voluntad ciega que, al negligir la voluntad individual ajena y la propia, aspiren a poseer aquello que de ilusorio se manifiesta en la representación?

Ocupado en éstas reflexiones, ante mis ojos aparecieron las señales de neón del burdel al término de la ciudad. Recordé aquella ocasión en que, justo cumplidos los 18 años, un amigo y yo iniciamos una tímida aventura para averiguar cómo era por dentro. Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en una frase que nos habían citado en la conferencia;

Al final, me había encontrado sintiendo un amor intenso, un afecto y apego indecibles. por alguien que ni siquiera me gustaba.”

Con una media sonrisa y, tras algunas vacilaciones, apagué el cigarrillo y me dispuse a entrar. Si querer es poder, veremos qué ocurre me dije.

Contra todo pronóstico, resultó en una velada de lo más agradable. Jamás he pagado por realizar el acto sexual, ni tengo especial interés en empezar a hacerlo; no es la sordidez del sitio, ni las sonrisas forzadas, ni los cuerpos expuestos en artimañas textiles, ni la música a todo volumen lo que me interesa resaltar. Reconozco haber disfrutado con la atención (no siempre exenta de interés) de las personas que allí trabajan, así cómo de algunas conversaciones realmente interesantes con algunas de las mujeres que allí ejercen.

Dicen que la poesía, respecto al campo de la imaginación, se nutre tan sólo de lo bello y de lo bellamente ideado. Hasta en lugares así puede uno encontrar belleza e inspiración; resultó para mi una sorpresa encontrarme escribiendo, y que más de una se acercara a preguntar, movida por la curiosidad;

—¿Me escribirías un poema?

Fue entonces cuando lo entendí; no se es poeta de 8 a 14 y de 15 a 20. El poeta lo es a tiempo completo, en cualquier lugar, en cualquier momento. Es ése agente de una voluntad superior a la individual la que le lleva a emplear la representación cómo herramienta de expresión y manifestación de la misma.

Con el beneplácito de las señoras a quiénes destiné éstos versos, y a pesar de haber estado compuestos in situ, os dejo con los poemas nacidos a la oscuridad del burdel.

                                                            a Maya                                                                 

Eres una hoguera
ardiendo en la chimenea
sobre el minutero.

Eres cómo una brisa;
el suave viento que acaricia
la hierba,

Eres dulce y tierna
cómo la fruta en un verano
que parece no acabar jamás-

Dora el Sol tus cabellos
besados por el día
para que, cómo la Luna,
sepas iluminar las noches.



a Raquel

Eres cálida y acogedora
cómo un refugio después
de un largo viaje.

Eres generosa y amable
cómo el bosque que florece en vida
y a la vida ofrece sus frutos.

Navegas las noches,
noches contenidas en tus cabellos
en tus cabellos de ala de cuervo
que sobrevuelan
el alba que en el horizonte
tan sólo a tu sonrisa
se compara.



a Elena

Libre
de ataduras que unen
y separan pies
y manos

eres libre cómo el viento
que sopla entre las olas
y salpica los barcos de espuma.

Está en tu aroma
el canto lejano de una gaviota
y el amanecer en tus ojos
que nace y pervive hacia poniente.

Vive y nace en ti
el olor a templos antiguos
y el sabor a las flores
que jamás rindieron sus primaveras
a ningún invierno.

Cuanto dolor
ha huído con las aguas;
al fin vacío.


Roberto Abelardo

Metempsicosis I

La oscuridad de la caverna dio paso a la luz del día; Leda cruzó el umbral dejando atrás las sombras. Ante ella se abría un pequeño valle entre esbeltas colinas cubiertas de un claro verdor. En el centro de la hondonada se alzaba un edificio semicircular, de piedra clara, rodeado y a veces invadido por un bosquecillo de pinos, salpicado aquí y allí del rojo oscuro –casi sangre de la arteria– en las hojas de los cerezos.

A medida que se aproximaba, Leda distinguió los detalles desvaídos del edificio casi conquistado por la naturaleza. Del proscenio en la parte posterior sólo quedaba en pie el arco de la entrada, pero por la altura de ésta debió medir sus buenos 10 metros. Una serie de gradas superpuestas de manera simétrica se abrían formando un abanico orientado hacia el centro de un escenario circular.

Allí estaba él, aquél hombre extraño que había visto echando las cartas en el puerto del Pireo. Observaba el cielo cómo si aguardara algo, cómo si distinguiera en el aire el pálpito de algo no visible. O, al menos, no todavía.

Leda sintió un escalofrío. Una pareja de golondrinas alzó el vuelo desde un cerezo, virando hacia poniente. El hombre las siguió con la vista hasta que se hubieron marchado. Se giró entonces hacia Leda y sonrió.

–Te estaba aguardando; estaba escrito que habrías de llegar hasta aquí. Que habrías de volver aquí.

El viento se levantó en ése momento, haciendo ondear los anchos ropajes de aquél extraño que, sin perder la sonrisa, seguía observando a Leda.

Sólo podía tratarse de aquél al que andaba buscando.

–¿Eres tú el augur?

–De muchas formas se me ha llamado, pero supongo que podemos decir que sí, lo soy.

–¿Que es lo que has querido decir con que estaba escrito que habría de volver aquí? No recuerdo haber estado antes en éste lugar.

–Es natural que no lo recuerdes, pues todas las almas están obligadas a beber de las aguas del olvido antes de regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, tu caso es muy particular; apuesto a que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento de plantearlas, pues yo no tengo potestad para darte las respuestas a aquello que buscas.

–¿Porque me esperabas, entonces, si no puedes dar respuesta a mis preguntas?

El hombre observó a Leda con intensidad tangible, sin decir nada. El viento había amainado hasta casi detenerse por completo.

Volvió a sentir la misma gelidez eléctrica recorriéndole la espalda.

–Estoy aquí para mostrarte el sendero dónde podrás encontrar la verdad al misterio que te impulsa en éste viaje. Si te diera las respuestas ahora, no serviría de nada, pues no recordarías después cómo seguir el río para llegar a la fuente.

–¿Y dónde se encuentra ése camino?

–Lo has estado llevando a cuestas todo éste tiempo.

Robestrébol

 

*Dado que mi narrativa tiene mucho óxido, he decidido ir sacando fragmentos breves de composiciones inacabadas para ir aireando un poco mi escritura. Ignoro si publicaré las continuaciones o no; si alguien tuviera en mente cualquier crítica, consejo o -tal vez- elogio, sepan serán más que bienvenidos.

Salud.

El vello es bello

Ella esbozó una sonrisa de disculpa antes de contestar el teléfono. Normalmente me aburren hasta la saciedad las mujeres que no pueden disfrutar de una velada sin andar pendientes del móvil, pero decidí no precipitarme. Tomé un sorbo de la copa de vino blanco y, acomodándome, entrecerré los ojos y me dispuse a observarla con disimulo.

Sus labios se movían al compás de la respiración, de las sílabas exhaladas en cada palabra hablada. Mi mirada se perdió un momento en las tonalidades del rosa, en el brillo mate de cada una de sus leves hendiduras. Me quedé un instante prendado del sonido de su voz, en una reminiscencia transcurrida apenas una hora antes.

Me pareció verla de nuevo cantando Fly me to the moon en el Synatra’s. Las lágrimas me corrieron por las mejillas la primera vez que se la oí cantar; desde entonces, cada viernes, bajaba puntualmente a cenar a Barcelona, sólo por el placer de estar con ella.

Y ella, cada viernes, me dedicaba la misma canción.

Pasó un mes y medio antes de que reuniera las agallas para pedirle una cita. Nos habíamos hecho amigos y habíamos tenido tiempo de conocernos. No mucho, pero sí lo suficiente.

Lo suficiente para saber con quién estaba hablando.

Ella dejó el teléfono y volví a la realidad.

–Disculpa, me ha tomado mucho rato…

–No te preocupes, no ha sido nada. ¿Era tu madre?

–Sí, anda bastante intranquila desde la operación.

–Sé lo que es eso; a mi padre lo operaron hace poco y tuve que pedirme un permiso en el trabajo. Te juro que se comportaba como un niño pequeño.

Ella esbozó una sonrisa algo más animada.

–Justamente, se porta cómo una niña pequeña. Mi padre está que no la soporta.

–Debe de ser una constante, un paradigma de lo más humano; aquellas experiencias que intervienen de ésa manera en la vida acercan la mente de la persona a un estado más primigenio.

–¿Cómo si la conciencia de la muerte nos acercara más al deseo de vivir?

–Yo no habría sabido decirlo con mejores palabras.

La velada transcurrió por derroteros menos filosóficos pero más placenteros. Antes de que me diera cuenta, la cuenta estaba pagada y habíamos llegado al portal de su casa.

–Creo que mi compi de piso no estará ésta noche; ¿quieres subirte un rato y nos hacemos un petilla?

–Dile –dije, esbozando una sonrisa picarona.

Era la segunda vez que me invitaba a su casa.

–Ten –dijo, una vez hubimos entrado, pasándome un chivato con un poco de hierba –. ¿Porqué no lías uno mientras me pongo un poco más cómoda?

Me apliqué en mi tarea mientras ella entraba en su cuarto. En un momento tenía el canuto listo encima de la mesa; sintiendo un poco de calor, me desabroché el tercer botón de la camisa. Me la estaba recolocando, cuando ella apareció y se sentó en el sofá, dejándome sin aliento.

Llevaba puesto tan sólo un ligero camisón que transparentaba cada contorno de su figura. La mirada se me fue a sus largas y esbeltas piernas, salpicadas de un corto y oscuro vello. A medida que mi vista ascendía por encima de sus rodillas hasta la parte visible de sus muslos, no podía si no preguntarme si también habría ése vello en otras partes de su cuerpo.

–¡Buf! Hace mucho calor, ¿verdad? Sólo tengo ésto que sea fresquito, pero me da un poco de vergüenza.

–¿Y porque iba a darte vergüenza?

–Porque no me he depilado.

–No debería darte vergüenza; hay hombres que encontramos sexy el que una mujer sepa ser natural.

–¿Dices, entonces, que te gustan las mujeres peludas?

–Los seres humanos somos relativamente peludos; yo sólo digo que en ti lo encuentro sexy.

–¿Y que más cosas de mi encuentras sexy?

Durante un segundo, me planteé si responder a su pregunta con palabras. Sentía su cuerpo, fresco en la calidez de la noche junto a mi.

Que demonios; las cosas o se dicen o se demuestran.

Me acerqué a ella con la ligereza con la que un felino acecha entre las hierbas. Posé mis labios en los suyos, adentrándome en la humedad de su boca, en el sabor de su saliva recorriéndome la lengua, en los dientes arañando con picardía las comisuras. Acariciaba el suave vello de sus piernas, subiendo apenas un centímetro más arriba en cada pasada, hasta llegar al borde inferior de su camisón.

Allí me di cuenta de dos cosas.

La primera; ella no llevaba puestas las bragas.

Y la segunda; mis suposiciones habían sido correctas.

Esbozando una sonrisa no exenta de malicia, desplacé el recorrido de mis besos hasta hacerlo coincidir con el vello que había estado oculto tras la falda.

Había llegado el momento que había estado esperando.

Le iba a lamer el coño hasta que acabara saliendo Freixenet, pero a chorros.

 

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