Resquicios

Resquicios de noche escapan de los pliegues de mis sábanas
dejes a luna llena y del sabor a sangrantes violencias.

Cómo no me ahogo cuando la lluvia me limpia,
cuando  la lluvia me lleva
a mi mano envuelta a tu garganta
con diez surcos a la espalda por alas
y el éxtasis en cada embate
mientras se nos nublan los ojos y el sentido.

Cómo no me ahogo cuando el agua me limpia,
cuando el agua me eleva.

Robestrébol

Sólo se apaga el que desespera (Soneto)

Qué fuiste si no un trozo de madera
que alguien consumió al avivar su hoguera.

Fuiste engañado por tretas arteras;
herido por las acciones rastreras
de quién dijo amarte cual vez primera.

No confíes si dice que te espera
pues sólo quiere encerrarte en su esfera
para hacer su existencia más ligera.

Alégrate de que algo sirviera
ya del sueño ha despertado la fiera.

Sin inviernos no habría primavera
y el agua fluye en continuo en las eras.

No te dejes llevar por la flojera;
sólo se apaga el que desespera.

Robestrébol

 



 

Soneto en rima A constante y consonante.

Metempsicosis I

La oscuridad de la caverna dio paso a la luz del día; Leda cruzó el umbral dejando atrás las sombras. Ante ella se abría un pequeño valle entre esbeltas colinas cubiertas de un claro verdor. En el centro de la hondonada se alzaba un edificio semicircular, de piedra clara, rodeado y a veces invadido por un bosquecillo de pinos, salpicado aquí y allí del rojo oscuro –casi sangre de la arteria– en las hojas de los cerezos.

A medida que se aproximaba, Leda distinguió los detalles desvaídos del edificio casi conquistado por la naturaleza. Del proscenio en la parte posterior sólo quedaba en pie el arco de la entrada, pero por la altura de ésta debió medir sus buenos 10 metros. Una serie de gradas superpuestas de manera simétrica se abrían formando un abanico orientado hacia el centro de un escenario circular.

Allí estaba él, aquél hombre extraño que había visto echando las cartas en el puerto del Pireo. Observaba el cielo cómo si aguardara algo, cómo si distinguiera en el aire el pálpito de algo no visible. O, al menos, no todavía.

Leda sintió un escalofrío. Una pareja de golondrinas alzó el vuelo desde un cerezo, virando hacia poniente. El hombre las siguió con la vista hasta que se hubieron marchado. Se giró entonces hacia Leda y sonrió.

–Te estaba aguardando; estaba escrito que habrías de llegar hasta aquí. Que habrías de volver aquí.

El viento se levantó en ése momento, haciendo ondear los anchos ropajes de aquél extraño que, sin perder la sonrisa, seguía observando a Leda.

Sólo podía tratarse de aquél al que andaba buscando.

–¿Eres tú el augur?

–De muchas formas se me ha llamado, pero supongo que podemos decir que sí, lo soy.

–¿Que es lo que has querido decir con que estaba escrito que habría de volver aquí? No recuerdo haber estado antes en éste lugar.

–Es natural que no lo recuerdes, pues todas las almas están obligadas a beber de las aguas del olvido antes de regresar al mundo de los vivos. Sin embargo, tu caso es muy particular; apuesto a que tienes muchas preguntas, pero ahora no es el momento de plantearlas, pues yo no tengo potestad para darte las respuestas a aquello que buscas.

–¿Porque me esperabas, entonces, si no puedes dar respuesta a mis preguntas?

El hombre observó a Leda con intensidad tangible, sin decir nada. El viento había amainado hasta casi detenerse por completo.

Volvió a sentir la misma gelidez eléctrica recorriéndole la espalda.

–Estoy aquí para mostrarte el sendero dónde podrás encontrar la verdad al misterio que te impulsa en éste viaje. Si te diera las respuestas ahora, no serviría de nada, pues no recordarías después cómo seguir el río para llegar a la fuente.

–¿Y dónde se encuentra ése camino?

–Lo has estado llevando a cuestas todo éste tiempo.

Robestrébol

 

*Dado que mi narrativa tiene mucho óxido, he decidido ir sacando fragmentos breves de composiciones inacabadas para ir aireando un poco mi escritura. Ignoro si publicaré las continuaciones o no; si alguien tuviera en mente cualquier crítica, consejo o -tal vez- elogio, sepan serán más que bienvenidos.

Salud.

El vello es bello

Ella esbozó una sonrisa de disculpa antes de contestar el teléfono. Normalmente me aburren hasta la saciedad las mujeres que no pueden disfrutar de una velada sin andar pendientes del móvil, pero decidí no precipitarme. Tomé un sorbo de la copa de vino blanco y, acomodándome, entrecerré los ojos y me dispuse a observarla con disimulo.

Sus labios se movían al compás de la respiración, de las sílabas exhaladas en cada palabra hablada. Mi mirada se perdió un momento en las tonalidades del rosa, en el brillo mate de cada una de sus leves hendiduras. Me quedé un instante prendado del sonido de su voz, en una reminiscencia transcurrida apenas una hora antes.

Me pareció verla de nuevo cantando Fly me to the moon en el Synatra’s. Las lágrimas me corrieron por las mejillas la primera vez que se la oí cantar; desde entonces, cada viernes, bajaba puntualmente a cenar a Barcelona, sólo por el placer de estar con ella.

Y ella, cada viernes, me dedicaba la misma canción.

Pasó un mes y medio antes de que reuniera las agallas para pedirle una cita. Nos habíamos hecho amigos y habíamos tenido tiempo de conocernos. No mucho, pero sí lo suficiente.

Lo suficiente para saber con quién estaba hablando.

Ella dejó el teléfono y volví a la realidad.

–Disculpa, me ha tomado mucho rato…

–No te preocupes, no ha sido nada. ¿Era tu madre?

–Sí, anda bastante intranquila desde la operación.

–Sé lo que es eso; a mi padre lo operaron hace poco y tuve que pedirme un permiso en el trabajo. Te juro que se comportaba como un niño pequeño.

Ella esbozó una sonrisa algo más animada.

–Justamente, se porta cómo una niña pequeña. Mi padre está que no la soporta.

–Debe de ser una constante, un paradigma de lo más humano; aquellas experiencias que intervienen de ésa manera en la vida acercan la mente de la persona a un estado más primigenio.

–¿Cómo si la conciencia de la muerte nos acercara más al deseo de vivir?

–Yo no habría sabido decirlo con mejores palabras.

La velada transcurrió por derroteros menos filosóficos pero más placenteros. Antes de que me diera cuenta, la cuenta estaba pagada y habíamos llegado al portal de su casa.

–Creo que mi compi de piso no estará ésta noche; ¿quieres subirte un rato y nos hacemos un petilla?

–Dile –dije, esbozando una sonrisa picarona.

Era la segunda vez que me invitaba a su casa.

–Ten –dijo, una vez hubimos entrado, pasándome un chivato con un poco de hierba –. ¿Porqué no lías uno mientras me pongo un poco más cómoda?

Me apliqué en mi tarea mientras ella entraba en su cuarto. En un momento tenía el canuto listo encima de la mesa; sintiendo un poco de calor, me desabroché el tercer botón de la camisa. Me la estaba recolocando, cuando ella apareció y se sentó en el sofá, dejándome sin aliento.

Llevaba puesto tan sólo un ligero camisón que transparentaba cada contorno de su figura. La mirada se me fue a sus largas y esbeltas piernas, salpicadas de un corto y oscuro vello. A medida que mi vista ascendía por encima de sus rodillas hasta la parte visible de sus muslos, no podía si no preguntarme si también habría ése vello en otras partes de su cuerpo.

–¡Buf! Hace mucho calor, ¿verdad? Sólo tengo ésto que sea fresquito, pero me da un poco de vergüenza.

–¿Y porque iba a darte vergüenza?

–Porque no me he depilado.

–No debería darte vergüenza; hay hombres que encontramos sexy el que una mujer sepa ser natural.

–¿Dices, entonces, que te gustan las mujeres peludas?

–Los seres humanos somos relativamente peludos; yo sólo digo que en ti lo encuentro sexy.

–¿Y que más cosas de mi encuentras sexy?

Durante un segundo, me planteé si responder a su pregunta con palabras. Sentía su cuerpo, fresco en la calidez de la noche junto a mi.

Que demonios; las cosas o se dicen o se demuestran.

Me acerqué a ella con la ligereza con la que un felino acecha entre las hierbas. Posé mis labios en los suyos, adentrándome en la humedad de su boca, en el sabor de su saliva recorriéndome la lengua, en los dientes arañando con picardía las comisuras. Acariciaba el suave vello de sus piernas, subiendo apenas un centímetro más arriba en cada pasada, hasta llegar al borde inferior de su camisón.

Allí me di cuenta de dos cosas.

La primera; ella no llevaba puestas las bragas.

Y la segunda; mis suposiciones habían sido correctas.

Esbozando una sonrisa no exenta de malicia, desplacé el recorrido de mis besos hasta hacerlo coincidir con el vello que había estado oculto tras la falda.

Había llegado el momento que había estado esperando.

Le iba a lamer el coño hasta que acabara saliendo Freixenet, pero a chorros.

 

Robestrébol

El arma más poderosa

La poesía es
el arma más poderosa
del mundo.

Ha alumbrado
el origen
y el misterio
incluso
a los propios dioses.

Desde tiempos remotos
de noches sabor a hoguera
y amaneceres
y cenizas
vienen los poetas
dando forma a lo inmutable.

Con éste arma
al que llamamos palabra
se ha escrito
el mito
la leyenda
la historia

se ha erigido
el templo
la urbe
la memoria.

De la poesía nacieron
el cielo y el infierno
pues el poema nace
en la herida de lo invisible
y no se escribe
ni con tinta
ni con plumas
sino
con sangre de alas.

 

Robestrébol

Búsquedas (Soneto)

Ando en búsqueda del verso perfecto,
de las rimas más sublimes y bellas
del alivio que en la herida haga mella;
de entre lo exquisito, lo más selecto.

Tierno y constante soy en mis afectos:
sólo tengo por guía de mis huellas
la luz ciega que emana de mi estrella
y que siempre indica el camino recto.

Quién saber quiera ha de parar la oreja
pues a todo mal se encuentra solución;
por haber vivido un día cómo león
¿quién no diera sus cien años de oveja?

Teniendo en nosotros la fuerza de un tifón
¿quién trueca las alas por unas rejas?

 

Robestrébol

 

Escultura; Enfonsar els 20 dits a terra — Joana Serra