Luz marina

No sé como, has sembrado en mi esperanza
el aroma de frutos estivales
pues en mi pecho retumban timbales
hasta allá dónde el cielo no alcanza.

De nuestras sendas haremos balanza;
son nuestros errores muy naturales
Pues nunca hemos sido más que animales
cuidando los brotes en la labranza.

Tengamos tan solo el aire por disfraz;
aroma a nosotros en nuestras fosas
sacarnos por fin de encima las losas
y encontrar en nosotros al fin solaz.

Sabremos un sueño la luz hermosa
y que dure una vida si se es tenaz.

Robestrébol

 

 

Del roto de mi bolsillo

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

Borges

He cosido la esperanza
en lo profundo del roto de mi bolsillo.

El poema no es
      la solución
      ni el medio
      ni el velo

El poema es
      el suelo
      el miedo
      la absolución

Es
el camino que oscila y se adentra
en la montaña
entre Caribdis y la Escila.

La montaña…
¡Oh, ser sin suerte!
No volviste a los brazos de tu amada
ni al abrazo de la muerte;

tu sino siempre fue la montaña adonde duerme
el amante cazador, cazado al ser amado por Selene.

Ha tropezado
la Luna en el estanque
de la montaña.

No vendrá a ti el monte
por mucho que lo llames
ni que acaricies sus aguas,

pues es la cuesta
              el escalón
              la subida
la que hace al poeta,
así cómo al profeta
lo hace la montaña.

He plantado la esperanza cosida
a lo profundo del roto de mi bolsillo
y tiene el color de los lirios
el tenue aroma de las flores nacidas.

Robestrébol

Confesión y peregrinaje (Soneto)

Amiga; de decirte lo que siento
ha llegado la hora: la de la verdad;
el momento de renunciar a la heredad
y de esparcir sus restos en el viento.

Bien sé que toda tú eres un templo;
eres las luces que iluminan mi ciudad,
de verdes bosques la temprana humedad
la constante que transita en mi tiempo.

Soy mero peregrino, un viajero
en camino hacia ti, que eres mi Meca,
pues no hay en mí afecto más sincero
que aquél que de mi amor por ti se trueca.

Por ello mismo, no hay mella en mi esmero;
por ti haré sonreír todas mis muescas.

Robestrébol

Al mirarnos (Soneto)

Al mirarnos fue cuando empezó el juego;
dulce cantabas, cual gata traviesa,
tornando en una hoguera mis pavesas
de tanto que en mi avivas el fuego.

Cual seña dada en respuesta a mis ruegos
hálito eres, de vida que embelesa,
cuando el mundo otra vez interesa
y -áureo- dora el Sol de nuevo el espliego.

No habrá de girar por siempre la rueda
ni habrá de quemar por siempre la brasa
ni siempre habrá de ser suave la seda:

mas sé que. tras puertas y tablas rasas.
siempre estará la senda en la vereda;
que en llevándome a ti, tráeme a casa.

Robestrébol

#39 3 Liras a los propios dioses

No es, tan sólo, el deseo
lo que anima mis dedos a rozar tu piel;
es guardar de tu cuerpo
la dúctil memoria del ser,
la forma primera en que aprendemos a ver.

No son sólo los labios
ni son unos besos encendidos el amor;
es la senda del sabio
es, en la fuente, el sabor
a un río profundo que corre entre los dos.

No es solamente el sexo
motor que en el ser enciende llama y pasión;
es labrar pleno el nexo
aventurarse sin temor
andar juntos sendas más antiguas que dios.

Robestrébol

#19 Elegía del Cátaro (Soneto)

Elegía del Cátaro

Del respeto que yo siempre tuviera
por madres, meigas y grandes mujeres,
abandoné yo todos mis quehaceres
por el amor a una bruja en la hoguera.

El bastón, que apoyo y fuerza me diera,
el sueño y el tiempo de los placeres
dejo en cuidado al Sol, con mis enseres
sobre una losa junto a la alta higuera.

Montaña arriba sigo la invisible
estela del astro -fausto- en que haya de arder
el alma en espiral, indirigible;

en hacerse primar por lo tangible
mundo alguno sin mi habrá de perecer,
pues el amor ha -siempre- de ser libre.

R. Cirhián

catar

Minerve, Francia; monumento al catarismo.

#12 – Yo te perdono

Yo te perdono

Sé que tienes argumentos justos y necesarios
para rebatir mi condena.

Sé que has desarrollado una capacidad de reflexión
y una lógica contundentes
inquebrantables y dignas de un mente lúcida
cómo la de Hipatia.

Sé que tienes el alma buena y clara
-cómo la de Cristine Pizán-
en la ciudad de tus damas.

Sé que tienes un corazón
donde late una estrella
del blanco tinte de los lirios.

Por eso
yo
te perdono.

Yo te perdono
por armar en torno a ti una armadura y una máscara.

Yo te perdono
por precipitar nuestros nexos íntimos
a una fisicalidad
prematura.

Yo te perdono
por no amarme,
por hacer dudar a mi quinto corazón
entre Safo y Lesbia.

Yo te perdono por pensar
que en el amor de los pájaros
y de las serpientes
hay necesidad
del dolor de los hombres.

Yo te perdono
por no quererme
como se quieren
los niños.

Yo te perdono
por el silencio
por la incertidumbre

por la compasión.

Yo te perdono
por ayudarme a creer que es posible construir un mundo
en el que las mujeres
-felices, libres, sabias-
quieran ser madres.

-No me importa
si deseas tener camada o no;
si algún día la tuvieses
y necesitas ayuda, llámame y
(hasta que tú me digas) voy-.

“No importa el que no sea mía
–nada en verdad poseo ya–
será, de tu alma, la mitosis y
en ella, tal vez en alguna parte,
aún se me podrá hallar.

Yo te perdono
por no haberme reconocido
ni querer conocerme

te perdono
por ser feliz sin estar conmigo

Yo te perdono
por todo, pero
sobretodo

te perdono
por hacerme
feliz.

R.