“Confianza, correspondencia, correlación”

Mantra

“Piensa en el bien
habla desde el bien
actúa para el bien”

Mantra tradicional persa

 

Profundo es el legado que nuestros ancestros nos han dejado como inmateriales herencias, y cuantas se han despreciado por considerarlas inútiles. En mi país, en los últimos tiempos ha salido a relucir con fuerza cuan intensa, permanente y constante han sido la misoginia, el machismo y el desprecio hacia el género entendido como femenino. Es sencillo ver las flores y los frutos que éstas semillas del mal han generado en su infección o influencia en el pensamiento. Sin embargo, sin entender las tres verdades de nuestro ser y de nuestra verdad, es difícil llegar a tomar conciencia de su alcance y de sus orígenes; nos es dificultoso y hay que quitar muchos escombros, pero es necesario escarbar para encontrar las raíces.

Durante siglos se ha silenciado el legado social de las culturas previas a las dominaciones imperialistas. En éstas podemos hallar modelos, iconos y roles de sociedades previas a la transformación debida a la dominación grecoromana y a la transfiguración ocasionada por la adopción paulatinamente forzosa del cristianismo como modo de manifestación emotiva o espiritual.

Es perceptible que la pasión, la fe y la razón de mi país se encuentran en estado cercano al terminal, y es inteligible que lo está también en muchos otros lugares del mundo, influenciados por el inexorable avance de la occidentalización, heredera de éstas semillas, flores y frutos, como modo de vida imperante. Éste concepto y éste desarrollo han generado unas dinámicas nocivas en la consonancia de las sociedades y etnias locales o naturales a determinados desarrollos y ecosistemas. Debido a la predisposición a convertirse en dominante la globalización occidentalizante en las distintas sociedades a las que accede mediante el comercio o la guerra, muchas son las flores del árbol de ése mal, de ése fantasma que recorre el mundo, pero creo es posible entender hay tres en principal que son la raíz de la semilla; el temor hacia el propio miedo, el odio hacia la propia ira y el enamoramiento hacia el propio amor.

 

El temor a si el muchacho que silba alegre detrás nuestro es un atracador o un violador, a si el vecino de confesión musulmana es o no un terrorista. El amor excesivo al propio cuerpo, a la propia mente, a la propia alma en un cortocircuito de egoicidad. El odio de los de arriba contra de los de abajo, de los de la izquierda contra los de la derecha, de los jóvenes contra los viejos, de los hombres contra los hombres, del de las mujeres contra las mujeres, del de las mujeres contra los hombres y, en especial, del de los hombres contra las mujeres.

Nuestro pensamiento, nuestra palabra y nuestra acción se han visto impregnadas por centenas, miles de años y se han alejado de las raíces de las etnias, de los sustratos culturales, del concepto indivisiblemente humano de la tribu y han estimulado el concepto del yo interno, del yo de la egoicidad pública y del yo de la confianza, y el peso de la frustración en la no consecución o correlación de éstas trinidades han empujado a la sociedad, y en especial nos han empujado a los miembros humanos identificados como masculinos, a culpar sistemáticamente a las mujeres de los males que nos achaca la vida y la condición nada sencilla de ser varones.

Del legado de los varones se ha estructurado, históricamente, la gran mayoría del arte y conocimiento reconocidos a los humanos. Sin embargo, no nos es dado conocer, si no indagamos en las fuentes, cual ha sido la situación o el enfoque que el desarrollo de éstas semillas en la filosofía, la ética y la moral que nos ha sido legado han influenciado en el mismo concepto de verdad; para ello, indagaremos en la trinidad del concepto que nos ha sido otorgado como verdad, y que insuficientemente se cuestiona nihilista y desanimadamente como postverdad, mientras se tolera pasivamente el abuso que representa sobre las sociedades humanas y, en especial, para la idea, el constructo abstracto y las dinámicas íntimas y públicas en las que se ha implicado a la hembra de nuestra especie.

Del concepto de la veritas latina ha resultado que ésta se basa en la pasión, en la correspondencia y en la honestidad; se ha considerado que las mujeres son sutiles, y por lo tanto falaces, actrices y maquinadoras; nos han dicho que no son buenas ‘equites’ o caballeras, por lo que se nos ha transmitido que deben de ser buenas damas públicas y a la vez, en la intimidad, dóciles y apasionadas yeguas; por ello se les permitía dirigir negocios, y atender el poder en el sacerdotado, pero no publicar libros.

Del concepto de la ἀλήθεια griega ha resultado que la verdad se basa en la razón, en ver con claridad, en percibir la realidad tal y totalmente como es; lo que nos ha transmitido éste legado, tal y cómo refleja el ejemplo que usa Platón con Sócrates y su admiración por Diotima mientras mostraba su consideración a su esposa; de aquí se destila que la mayoría de las mujeres son nudos del velo que impide ver la realidad tal como es; cuando no aprenden a discurrir como se enseña a hacer a los hombres, no son buenas, si no sólo malas y neuróticas brujas, aunque se las quiera incondicionalmente. Por ello se les permitía publicar libros, atender el poder en el sacerdotado, pero no dirigir negocios.

Del concepto de la emunah, de la fe y la confianza comunitarias originarias del zoroastrismo y del legado cristiano-hebreo del pecado original, ha resultado que se culpa por antonomasia a la mujer y se desconfía de su naturaleza y de sus capacidades, santificando a las malas putas y persiguiendo a las que son buenas. Por ello se consideraba que solo valían para traer vida al mundo, y se les asignaba su lugar en el ámbito de la lar doméstica y la gestión interna de las comunidades.

De éstos tres legados, los hombres hemos construido una verdad impuesta como arma de dominación, que hasta ahora ha imperado en la visión que dirige la globalización, y es también nuestra responsabilidad purificar en pensamiento, palabra y acción si no queremos que el mal siga avanzando como hasta ahora. Necesitamos fomentar la cultura del amor, no la del odio, pero el odio no debe pensarse como antinatural; la idea de Lucifer tiene también su capilla en el templo de la idea de dios, pues es el caos es el que está, también a nivel físico, al servicio de un mayor orden.

Quién ama, respeta y adora el mundo, quién de él se enamora, se ama, respeta y adora a si mismo y a sí misma, y de la misma manera se enamora. Quien ama, respeta y adora a las mujeres, quien se enamora de ellas, sabe que las quiere sanas, buenas y felices, sí; pero también siendo buenas damas, bien locas y bien putas. Pero, sin embargo, ésta es también una concepción heredada en éstos legados; el mal de la sociedad ha llegado a un punto en que las profecías autocumplidas de la filosofía se hacen realidad, y es creíble aceptar que hay más mujeres que se comportan como insinceras malas damas, frígidas malas putas y/o egoicas malas brujas que no de las que lo hacen en base al legado impuesto por la concepción masculinizante de la humanidad.

 

Ha llegado el momento en que las mujeres decidan por si mismas como quieren ser; y, en ésa lucha bien nos valdrán los ejemplos de Lisístrata y de Néstor, más que los de Heracles y de Antígona. Tanto las mujeres como los hombres necesitamos nuestro agogé; en ello consiste la Escuela de la Tribu. Y pese a que uno sólo es todavía aprendiz de maestro, bien que es momento para empezar a investigar y a enseñarnos entre nosotras y nosotros. Pues una fue la tribu, y enseñarse entre unos y unas fue lo que nos permitió volver a unirlas en una; si seguimos aprendiendo, un día, sin ningún grupo de elegidos, ésta volverá a ser una; enorme, magnífica, y unida.

Pero el camino nos ha de enseñar, de vuelta, lo que es no ser tanto persona, y regresar a las vías de lo humano. Y, si creemos que en el humano el bien, el orden y el amor son más naturales que el mal, el caos y el odio, primero hemos de dar ejemplo. En una sociedad enferma por el odio, primero, antes de aprender a herir, se ha de aprender a curar.

Y el odio quema, pero también purifica; mientras que el amor sana, pero también nubla. En el equilibrio está la serenidad; en el puente tras los caminos, la respuesta.

firma

Clamor – Coplas en clave de rap

Se persona Corocota
¿dónde está la recompensa?
Si llenas la armería
vacía queda la despensa.

Sé que soy un genio
sin hacer el test del MENSA
porque sé que solo el bien
en ésta vida te compensa.

Piensa, tu acción
determina la consecuencia;
has de pensar, hablar
actuar en correspondencia.

Yo edifico un puente
entre las artes y las ciencias:
es en el punto medio
el despertar de la conciencia.

Pues si sólo somos
energía quieta y densa
¿cómo es que ésta luz
en los vitrales se condensa?

Es que en la unidad
se basa la resilencia;
el camino y la armonía
te otorgan la consistencia.

Quiebro con tristeza
la veda en la no-violencia:
no toleramos el abuso;
va contra de nuestra esencia.

Fieras en el asalto
aún más firme la defensa;
como el rayo en el Tunguska
somos pura energía intensa.

El cariño en lo que quieres
sacrificio y paciencia;
las vías de la tribu
se abren de manera inmensa

Misma senda, unidas,
unidos en fe, pasión y ciencia.
¡Los tribunos de la plebe
invocan a la resistencia!

-Corocota

Sed de tu carne – Rafael Lechowski (Quarcissus, III acto , VII escena)

Hoy me ha sido dado recordar una sabia máxima: en crear está la mitad del disfrute; la otra mitad está en compartir. Por éso, hoy me tomo una pausa en el proceso de crear, y me decido a compartir a mis referentes. Por ahora voy a centrarme, en exclusiva, en los escritores y escritoras que todavía siguen con vida; no sea que un día nos coja demasiado tarde para hacerlo.

 

Corría el año 2002; yo todavía me encontraba en la escuela primaria. Recuerdo que en aquellos tiempos hubo una especie de cataclismo en los patios del colegio; en cuestión de días, habíamos dejado de jugar a los juegos de siempre o a los que la moda dictaba. En vez de éso, podían verse pequeños corrillos en torno a un discman que alguien había traído al colegio; a veces, con un poco suerte, las monitoras del colegio hasta nos prestaban un reproductor portátil para poder escuchar sin las limitaciones de los auriculares.

Y es que, por vez primera, el rap se había adentrado en el patio de nuestra escuela, y jamás lo abandonó mientras seguimos estudiando en ella. No pasó mucho tiempo hasta que un amigo me mostrara Me gustan gordas, el primer tema de Rafael Lechowski que jamás escuchara, y del que rescato aquí dos versos:

Mira, esquelética, no hay ética en tu crítica;
Me gustan celulíticas y eso es lo que te pica.

Con el paso del tiempo, pude apreciar cómo el factor Bukowskiano de Lechowski evolucionaba a otras fronteras. Con Donde duele, inspira y su posterior reedición en formato jazz, éste artista hispano-polaco alcanzó, en mi opinión, una cumbre nunca vista en el panorama del rap peninsular.

Sin embargo, las metas de Lechowski distaban mucho de estar cumplidas. Tras la publicación de su primera antología La larga brevedad, éste 2019 ha visto culminado uno de los más ambiciosos proyectos que se hayan llevado a cabo en las últimas décadas.

Quarcissus es obra y fruto de años de trabajo por parte del autor y de los músicos que con él colaboran. Un álbum dividido en cuatro actos, dónde se encuentra la desgarradora y liberadora historia de un hombre que trata de encontrar el auténtico sentido de la existencia y de la misma vida. Una obra que sólo podría clasificar como ópera rap, dónde se presenta una narración interpretada y versificada con maestría, desde la narradora hasta el protagonista.

Dejo el enlace a su álbum un poco más abajo; antes quisiera compartir éste pequeño extracto en el minuto 46.20, la escena VII del III acto; Sed de tu carne.

Sed de tu carne – Rafael Lechowski

(A sus espaldas, la casa y el árbol; delante, un camino luminoso)

Me obstiné en olvidarte;
pero al alejarme de ti en el camino
me hice más pequeño y tú cada vez más grande.

Pero ya no tengo sed de tu carne:
conforme mi interior se llenaba de luz iba palideciendo tu imagen.

Las flores dejaron de exhalar tu aroma,
el propio dolor ha dragado el recuerdo y el silencio ha dejado de hablarme.
Ya no tengo sed de tu carne:
y no por ello te amo menos; ahora te amo más todavía, si cabe.

Igual que lo amo a él, pues amo al mundo como una sola vida;
al universo como un enorme corazón palpitante.

Ya no tengo sed de tu carne:
del desamor salí con vida,
pero de este Amor nuevo que nada me salve.

 

 

Espero lo podáis disfrutar, si se da la ocasión. Un saludo.