Haibun | Spleen

A day, middle April, 2019
Barcelona

gaoxingjian

Painting by Gao Xingjian


Today it has been my third day in a row at the cemetery; the modest, rectangular niches showing the faces of the ones gone and the loving gestures of the ones staying have become aswell acquantinces and reminders of the value and worthiness of life. As I walk by the gates of the graveyard into the paceful atmosphere, the place gets surrounded by the joyful laugthers of the children at the nearby primmary school, the rythmic sound of people playing basketball in the pitch and the natural mystic melody of the river Llobregat flowing just a dozen of meters away.

Last December my best friend and soul mate decided, by his own hand and will, to join the ones that became dust at the niches of the graveyard. Relatives, father figures, friends and beloved ones have become more numerous among the dark realms were dead remain existing, but without being alive. Mostly they were gone due to natural causes, but also a decent ratio of the ones closer to my heart have abandoned this world by violent accidents, assasination and, now, also suicide.

As I climb the stairs getting closer to the nich of my beloved friend, on the second floor of the new annex of the cemetery, I try to put myself in contact with the strong and intense emotions I am feeling these days. The news of my father’s loungue cancer have affected my capacity of processing grief; I cannot ask anymore the living ones to help me manage emotions that are not related anymore to the ones alive, but to the ones gone.

I do realize my subjective insanity has arrived at a point were I am truly feeling not understood by the majority of people surrounding me. I do know it is not anymore their duty or in their development to fully understand and be able to follow the paths that my mind is able to psyquically walk.

I understand life losses of the most beloved persons in one-self’s experience can deeply affect the inner equilibrium in ways that, if not healed and processed properly, have the abilitty to deeply change and affect the paths, bridges and acqueducts we build to our inner and outter perception. They do aswell events related to phyisical or phsyquic thrauma, and are also largely influenced by self-telled-truths and the balance, care and manteinance of the inputs and outputs we build and create with the living and not living beings.

Only reborned, restarted, regenerated I’ll be able to survive to this event. The old, faithful and beloved neuroprogramming of my own mind has come to return again under the control of my conscience. Every journey, quest and pilgrimage is felt as constantly blooming inside, aswell as every misfortune, misery and tragedy.

Just say ‘Insha’allah things get better’.

Water on the grass;
don’t know which drops are rain
which ones my tears

Rubén Abelardo

Haibun II

“No pretendo tener otro enemigo
que yo mismo,
el exigente,
el malhadado
que duerme en el lecho de la propia infelicidad,
dispuesto siempre a verter sangre
por la más pequeña futileza,
el que no da trabajo a sus enemigos.

No pretendo tener otro enemigo
que yo mismo.”

Najwan Darwish

 

Hoy, día 4 de junio, he tenido la segunda visita en el centro de salud mental. He acudido de urgencias pues —al menos hasta octubre—  no me ha sido concertada ninguna visita, y no tengo otra forma de entrevistarme con el doctor que se me ha asignado.

Estoy muy cansado. Me siento terriblemente fatigado, incapaz de congeniar con el vital pulso de los meses cálidos. Éste litigio con el que convivo se está llevando gran parte de mis fuerzas éste último mes. Ni la placidez del sueño ni la de la buena compañía saben mitigar los regustos férreos de las violencias nocturnas; de las mismas que pueblan de ininteligibles imágenes los huecos en el flujo del pensamiento consciente.

Ésta vez he tomado la precaución de no coger el coche; los fármacos recetados en la última visita no han dado ningún resultado positivo, ni siento ninguna mejora apreciable. Tampoco a través de la terapia. Desde hace días me siento, de hecho, trastabillando en el filo de la cornisa; en el eterno batirse del tener un pie fuera, y otro dentro.

No dejo de preguntarme cuál es el sentido de todo ésto. La respuesta acude tan rápidamente a la mente que parece tan programada que resulta (incluso) insulsa; vivir. Me he sonreído a mi mismo mientras el ferrocarril atravesaba, sin detenerse, la estación dónde descuella el lupanar a la entrada del municipio:  “¿Y qué clase de vida es ésta? ¿Qué clase de vida es la mía? Sin duda, una vida de mierda; y tan sólo una entre tantas.”

La inminencia de los exámenes y de las prácticas ocupan por entero mis espacios de ocio. Estoy a punto de terminar de maquetar mi primer compendio de poesía japonesa. He tenido, también, un par de entrevistas de empleo prometedoras. Cada semana, los entrenamientos físicos, la práctica del chi-kun y de la meditación sentada se afianzan más y más en los rituales que conforman mi rutina.

Y, sin embargo, no siento nada. Nada de nada. Una nada tan exponencial cuya relatividad transitoria roza el absoluto del máximo a perpetuidad. Trato de desconvencerme de la futilidad de las prácticas, de las visitas y de las sesiones, de persuadirme de que —en ocasiones— sí han logrado hacerme sentir una mejoría.  Tengo en mi el deseo (pues he renunciado, de forma definitiva, a la esperanza) de que el cambio en los fármacos prescritos sepa contribuir en la misma; pero éso aún lo habremos de ver para tenerlo por certeza.

No puedo achacar los síntomas al síndrome de abstinencia; he pasado periodos más prolongados en la misma, y los efectos han sido radicalmente distintos. Si en éstos momentos no me sintiera inclinado a rechazar toda creencia y superstición, diría que lo que ha ocurrido es que se me ha encogido el alma. Que ésta se ha reducido hasta volverse tan y tan ínfima, cuya presencia e intervención en mi ser no me resultan ya si no negligibles.

Nada me queda ya si no sonreírle al miedo. Sea que en el sino humano exista algo de inmanente o no, sea que vayan a ser de mierda o no las vidas que podemos vivir mientras prosiga nuestra existencia transitoria, sea o no que la materia y la realidad no sean si no espejismo y tosca pintura del pincel cósmico, nada habrá de perderse en el intento.

Porque nada hay ya que pueda perderse, cuando no nos queda nada. Nada puede asustarnos, cuando ya no sentimos nada. Nada puede detenernos, cuando ya nada importa.

 

LLovizna en junio;
sólo yo y el caracol
vamos sin prisas.

Robestrébol.

 

Haibun I

El haibun es una disciplina literaria en la que se narran las vivencias íntimas, a las que se da conclusión mediante un haiku. He decidido trasladar mi haibun personal a éste espacio cómo ejercicio de libertad y de comunicación propios. También para afrontar temores ligados a la esfera de la intimidad humana.

“Sí, hay que fingir, hay que mentir, siempre lo mismo. Pero es porque dentro de mí se albergan pensamientos, intenciones, esperanzas crueles, maravillosas y asesinas, de las que no sé nada. El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos y sus oscuras puertas atrancadas.”

Solaris — Stanislaw Lem

Hoy, día 14 de mayo, he tenido la primera visita concertada en el centro de salud mental. Han pasado 11 meses desde que solicitara evaluación psiquiátrica por vez primera. Durante éste periodo, me he sentido más de una vez al borde de un episodio crítico. Si he conseguido evadirlo, es por haber aprendido a reconocer las señales psíquicas y fisiológicas que preceden a los embates de la espiral. El tiempo —y la praxis filosófica— han sabido enseñarme a colocar numerosas redes de seguridad ante la voracidad interior de la abisal caída.

Talmente cómo los aqueos de Ulises enfrentaron la furia de Caribdis y la Escila, sólo con el mayor de los esfuerzos logro aparentar la suficiente tranquilidad y disposición de ánimo para afrontar el día a día de la cuerda floja. Es requerida la plenitud de mis fuerzas para persuadirme a mi mismo de que el sentirse vacío es algo transitorio, cómo el contenido de un vaso que se apura para volver a llenarlo de nuevo.

Por desgracia, no siempre prospera en mi la convicción a la que me someto. Más pronto que tarde, acabo notando en ella el inconfundible sabor del engaño.

Tengo 25 años. Me siento en una plenitud intelectual y biológica que no hace si no reforzar la concepción de que me encuentro en mis mejores años. De que me hallo en una etapa de la vida en que soy capaz de llevar a cabo todo cuanto me proponga, por difícil que se antoje la tarea. Ya dicen que sólo los que están un poco locos consiguen hacer realidad lo que otros creyeron locuras.

Sin embargo y pese mi predisposición consciente, no todo es tan sencillo.

Hoy he conducido hasta el centro médico. No me gusta coger el coche en éstos días. A medida que la aceleración en la autovía producía en mi un efecto de ligera ingravidez, el pensamiento ha vuelto, llamando a la puerta con sus gastados nudillos. Sería tan fácil, sería tan fácil – resuena una y otra vez al ver los muros y los quitamiedos en la carretera. Sería tan fácil – sigue haciéndose eco, al contemplar el precipicio a tan sólo unos metros del asfalto – sería tan fácil…

No son deseos ni pensamientos desusados los que, en ésos momentos, asaltan mi mente. Éste año se han cumplido 10 años desde el último intento de suicidio; mi familia nunca supo de ninguno de ellos hasta éste mismo año. También han pasado 10 años desde que empecé a consumir estupefacientes de forma regular; la relación de causalidad entre ambos sucesos es obvia y evidente para cualquiera que sepa que al sumar 1 y 1 nos da 2.

Me siento profundamente decepcionado, ciertamente furioso, ante la precariedad y la falta de consecutividad en la atención solicitada. Talmente que la siguiente cita me ha sido dada para el mes de octubre. El resto —incluso para renovar la prescripción en los medicamentos— habré de gestionarlo cómo hasta ahora; por urgencias en el hospital psiquiátrico.

Después de 11 meses aguardando mal que bien para recibir ayuda especializada, durante los cuales me he visto imposibilitado de mantener un empleo estable y en los que sólo con toda la fuerza de mi ánimo consigo persistir y progresar en los cursos y estudios que realizo, me siento muy, muy indignado.

Sin embargo, sentirme indignado por saberme vivir una situación injusta es lo que siempre ha dado fuerza a mi ser para avanzar, para hacer frente a los abusos sufridos. La ira, la hoguera de la frustración es uno de los motores que en mi siempre ha sabido poner en marcha el sistema de turbinas que alimenta la maquinaria central; aquella que siempre consigue volver toda cuesta, todo arriba en un simple adelante.

Pese a todo, pese a las dificultades, toca seguir viviendo, toca seguir luchando. No hacerlo sería tomar un sendero ya transitado; uno que conduce a la archiconocida vorágine de oscuridad, hacia la caída en plano de un abismo en vistas de precipitación crónica y continua.

No hacerlo, no avanzar, no combatir; ése sería tomar el camino fácil.

Y a mi siempre me ha gustado mucho complicarme la vida.

 

Ha aceptado
mi cuenco de meditar
las gotas de lluvia

 

Robestrébol