Ando cansado de tantos prejuicios (Soneto)

Ando cansado de tantos prejuicios
de que los otros condenen mis vicios
hoy cierro puertas, no dejo resquicios;
disfruto de lo que me haga servicio.

Qué importa si el tuyo son los auspicios
o la creencia de que hay un inicio
tras todo fin, o de que en los solsticios
más fuertes son los vivaces indicios;

vive tu vida sin causar perjuicio
salvo a aquellos que gusten del suplicio
y haz del cariño tu mejor oficio;

no te dejes arrastrar por sus juicios,
pues son, en relativa, tan ficticios
cómo los sueños con que me desquicio.

Roberto Abelardo

Llegó la hora de ponerse chulo (Soneto)

Ayer noche, en el célebre club Cronopios de Barcelona, se celebró una competición en la que se coronaba al peor poeta cómo campeón de la estética de la fealdad. Compuse, para la ocasión, uno de mis más malos y feos sonetos; espero que, igual que a los asistentes del evento, os haga sufrir un poco.

De nada.


Reconozco que en mi interior basculo:
muy poco hay que en realidad me importe;
no poseo ingenio ni un noble porte
y siempre me deslomo cómo un mulo.

Del amor no me trago ningún bulo;
muy poca gente siento que me aporte
la pasión que impulsa cómo un resorte
a mi sangre a salirse de su zulo.

Llegó la hora de ponerse chulo;
no quiero junto a mi a ningún consorte
ni a ninguna falaz dama de corte
que sólo piense en hacerse los rulos.

Jamás, ni por nadie, pierdo ya el norte
y, claro, mucho menos por tu culo.

Robestrébol.

Rutas (Soneto)

De aquellos placeres que hay en la vida
pocos hay que duren más de un instante
y que sepan llevarnos adelante
por la senda de lo que no se olvida.

Hay rutas para las que no hay salida
y otras que ponen a prueba el talante;
es, en muchas otras, cuestión de aguante
no lamentarse por causas perdidas.

Todo sendero un día se bifurca
y en tanto es querer buscarse la ruina
aferrarse a quién no va en nuestra ruta.

No te hará feliz ninguna doctrina
pues la libertad es la mayor fruta
a la que puede aspirar quién camina.

Roberto Abelardo

Determinación (Soneto)

He decidido guardar mi esperanza
a salvo de malsanos atamanes
dónde no le alcancen vendavales
airados, ni los fuegos de venganza.

En soledad forjé mi confianza;
no porto amuletos ni talismanes
ni sigo a monjes, yogis ni chamanes
para cuadrar el peso en la balanza.

Nunca les fue propio a los animales
hacerse eco de nuestras quimeras
ni entender el porqué de nuestros males;

si tan solo entenderse pudiera
que en pecado y libertad no hay rivales,
a nuestras espaldas sierpes no hubieran.

Roberto Abelardo

Apariencias (Soneto)

Tú ves en mi éste calmo y gentil porte;
el de un monje que va rezando un sutra
mientras, alegre, va embrazando ruta
sin que la cuesta o la subida importe.

Más cien veces habré perdido el norte
habiendo vuelto de nuevo a la gruta,
por tal de dar a probar ésa fruta
que la mente impulsa cómo un resorte.

Toda persona lleva consigo un disfraz
que impide ser libre a nuestra conciencia
y encontrar en nuestra vida el dulce solaz.

Siempre nos engañan las apariencias;
ardúa es la guerra de quién quiere hallar paz
y quién más duda, alberga más sapiencia.


Roberto Abelardo

Despierta

Hay heridas que llegan a las venas
aunque la piel nueva haya borrado
las cicatrices.

Hay heridas que no se ven
en tanto hay voces que articulan
sin labios,
en tanto hay imágenes
que no ha plasmado ningún pincel.

Hay una sonata que aún nadie ha compuesto
cada vez que la brisa agita
las copas de los árboles.

Hay una sonrisa que te espera
y una ocasión de ser amable
cada mañana.

Para ver
sólo hace falta
abrir los ojos,

pero,
y si de verdad quieres ver,
primero has de decirte:

¡despierta!

R.

Debilidades (Soneto)

Por verme incapaz de mis emociones
dominar, a quiénes yo más quería
dañara aunque no se lo merecían.

En mi noche eterna no amanecía
los labios teñidos de sinsabores;
pródigo antes fuera yo en mis amores
y ahora sólo soy planície baldía.

Más aún habrá de llegar el día
en que regresen de nuevo los colores,
en que alegren otra vez los cantores
cómo antes de todo ésto solían.

No pido ni ruego que me perdonen
libres somos cómo los ruiseñores;
sólo hace falta decirse: confía.

Roberto Abelardo