El viejo y la serpiente | Cancionero de Corocotta

En una calma aldea por un arroyo surcada
se arremanga un anciano que está junto a la orilla
sus manos son el cuenco del que bebe y se lava
la agua pura que mana junto a él en cuclillas.

Contempla su reflejo en las aguas tranquilas
su seco rostro ajado, su barba blanquecina;
las tersas cicatrices de una guerra omitida
en la aislada memoria de la remota villa.

Tiempo ha que la lluvia lavara las heridas
que en la tierra dejaran las batallas vividas
en la vaina ha quedado la espada, al fin dormida;
gastado yace el filo de la letal cuchilla.

Un chillido interrumpe el recuerdo del viejo;
divisa al otro lado del río, no muy lejos
al niño del vecino, dando quejos y gritos
inmóvil frente a un montón de follaje marchito.

Un airado siseo silencia al pobre niño;
de entre las hojas muertas, escamas, piel y anillos
el viejo ve la sierpe mostrando los colmillos;
veloz recoge un palo y corre hacia al peligro.

Golpea en la cabeza a la serpiente esquiva
mientras cubre al pequeño de la mortal mordida;
la reptil, retadora, lanza su acometida
el anciano soldado salta y salva su vida.

La sierpe retrocede lenta hacia su guarida
yace entre la maleza sigilosa, escondida;
el anciano percibe junto a una roca hundida
en un nido de ramas la mota blanquecina.

Tan solo un huevo alberga la serpentil morada
dice para sí el viejo – La sierpe, agazapada
sólo está protegiendo su prole tan mermada;
pues, al cabo, ella es madre, guarda de la camada.

Cauteloso, el anciano lleva al niño a su casa
retornando el pequeño a la madre amada;
camina hacia su choza por la senda empedrada
vacila frente al hogar, aún empuña la rama.

El anciano suspira dejándola apoyada
junto a la vieja puerta y cruzando la entrada
se dirige hacia el fondo, allí dónde, colgada
polvorienta, olvidada yace la vieja espada.

Agarra el arma el viejo soldado, el ceño prieto
coge un odre vacío, va hacia el río y, muy quieto
escudriña el arroyo escondido en un seto.

Entre el ocre follaje percibe un movimiento
se mantiene a la espera conteniendo el aliento
hasta haber divisado la amenaza, el reto.

Sutil, asoma el reptil bajo de hojas doradas
ágil, sale el anciano blandiendo alto la espada
e invocando a sus lares salta, de una zancada
la corriente y se lanza a fondo en estocada.

La sierpe, por el metal sorprendida, no esquiva
y del golpe un gran corte brota en su piel sombría
trata de huir, más lenta por la herida sufrida
el anciano la alcanza y acaba con su vida.

Un gesto de disgusto aparece en su rostro;
nunca sintiera gusto por la muerte de otros
vuelve a la orilla y lava la sangre de la hoja
en la ría que fluye y se va tornando roja.

Seca el arma en sus mangas, la envaina y en la ría
llena el odre algo arriba y parte de la orilla
en camino a la villa, quieto, se maravilla;
el nido de la sierpe se haya junto a su rodilla

El huevo de la sierpe yaciendo en su cestilla;
el viejo lo recoge, se atusa la perilla
cabilando lo pilla y lo lleva a su casilla
y cuando ardió el fuego lo convirtió en tortilla.

Corocotta

Ordalía | Cancionero de Corocotta

Magistral en la instrumental / culto y coloquial
dones del patizambo y del manco de Lepanto
anoto otro tanto // acertando en el blanco;
rojo mana el rival, yace herido por el flanco.

Letal animal / habita el ánima mental
cuando se deja suelto sólo sabe hacer el mal;
se nutre del dolor / de la esencia vital
de la ira, de la pena, del vacío espiritual.

Hondo inspiro; medito, alejo de mi la sed
dejo libre mi ser // libo así mi doler
libero, sí, el poder / lo noto en mí / crecer
correr / fluir // no más sufrir / lo sé.

Zarpo para Samos, zafo un beso de mi Safo
me fundo en su cálido abrazo / bajo el faro
añoraré su amparo, éso lo tengo claro
más el precio del apego me acaba saliendo caro.

Húmedas veladas junto a exóticas bellezas
amenizan la jornada inundada de vileza
pan común // en los hijos de la pobreza;
quien puede / come // y quién no / reza.

Somos la avanzada // cruza la fachada
de ésta abadía // edificada en la nada
aquí se recuerdan / las personas más amadas;
la imagen del vitral guarda tu alma, camarada.

Vida y Muerte // existir es cosa vana
en la senda al nirvana una leyenda, es lo que hay;
ciñe la bandana / alta brande la katana
carga a la vanguardia // y en los labios –¡Banzai!

En línea directa descendiendo del profeta
celtíbero, mozárabe y mudéjar; reta
Corocotta a la rueda que rota en fase beta
si en ésta centuria se ha visto mejor poeta.

Corocotta

(Imagen de archivo personal)

Nullius in verba | Soneto

para Ani

Nulo es mentar la pena que me embarga
del aprender a vivirme sin tu vida:
tu eres de los que jamás se olvidan;
como un viento que sopla a las espaldas.

Te he forjado en mi fe, del ser dos almas
en las buenas vivencias compartidas.
Si es alegre, más leve es la partida;
que así nos sea ligera la carga.

Si la existencia te da malos tragos
no andes solo rumiando los estragos;
la fuente de agua clara y alegría
se encuentra en cada paso que da el día.

Llevo conmigo éste verso de guía;
mismo camino son todas las vías.

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